lunes, 14 de marzo de 2016

Se me ha roto una mujer

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Espero que bien. ¡Les traigo otro cuento! Y en esta ocasión, Kysa es la protagonista, que prometí ir subiendo de a poco los cuentos de ellos y voy a paso lento, pero seguro, como quien dice.

Espero que les guste, es una situación bastante difícil la que enfrenta Kysa y, realmente, me conmovió —y eso no es fácil a veces (?)—

Los dejo con la lectura:

Se me ha roto una mujer

Su avión despegaba. Miró por la ventanilla el aeropuerto que estaba dejando atrás. Imaginaba que Jack y Morgan se habían quedado mirando despegar el vehículo tal como ella se había quedado mirando pro la ventanilla. Y aunque no pudiera hacer contacto visual con ellos, sabían que estaban allí, viéndola partir. Pensaba en ello, evitaba pensar en prepararse para algo más. No quería. Una parte de ella, hubiese quedado mirando por el gran ventanal del aeropuerto y no estar viajando a su país con el nudo en la garganta.

‘Podría ser la última vez que la veas bien’. Aquellas palabras de su padre aun resonaban en su cabeza y sin que quisiera pensar en su significado, se hundió en su asiento, abrió su bolso y sacó un libro viejo, gastado y con las páginas amarillas. Se quedó viendo la portada. Un hombre con una lechuza al hombro se veía de primera figura. Todo era de color naranja, un regalo de su abuela cuando volvió de su recorrido por el mundo, justo cuando ella había nacido. Y había sido el regalo que su madre le había leído hasta el cansancio. Mi amigo el hombre por el pespir de los asustados de José Murillo, había sido su libro favorito de toda su infancia. Y el primero que su madre le leyó y el último que le había leído a ella. Desde entonces, desde que se había ido de casa, no había vuelto a tocar esa lectura, pero la tenía siempre consigo, en un estante cerca de su cama y ahora, la llevaba de nuevo a casa.

Leyó las primeras páginas con una sonrisa en los labios y abrazó el libro, hundiéndose más en su asiento hasta quedar completamente dormida.




Estaba en casa. Hacía un frío que ella consideraba inhumano, de esos con los que había crecido casi acurrucada contra las mantas y abrigada hasta la nariz cuando salía a la calle. Extrañaba eso. Los fríos fuera no eran tan entrañables como esto. La nieve cubría toda y caminando hasta su casa con la valija en mano, sintió nostalgia de los días que pasaba riendo, golpeándose y haciendo alguna travesura allí. Veía su casa a lo lejos y estando ya en la entrada, antes de abrir el portón de hierro, se detuvo y se quedó allí un momento, pensativa. Pero se armó de valor y siguió delante, entrando sin vacilaciones.


Su abuela fue la primera en salir a recibirla y como de costumbre, ya le estaba haciendo un café bien fuerte mientras el resto de su familia llegaba a recibir a Kysa. Estaba feliz de verlos a todos y como ya sabían que iba a llegar, habían organizado hasta un gran banquete en el que su abuela se había lucido preparando diferentes platos típicos del país. El Smörgasbord[1] había sido pura y exclusivamente por ella y se podía sentir el sabroso olor de la comida con tan sólo llegar a la casa.

Más, habiendo dejado un poco de lado toda la celebración de su llegado y el saludo de todos, fue a ver a la persona que más le importaba de todas: su madre. Subió las escaleras y se dirigió hasta su habitación donde la encontró peinándose.

—Le dije que iba a presentarle a alguien muy importante— le contó su padre tomando la mano de su madre y ayudándola a ponerse de pie. 

Kysa la miró con una sonrisa y se acercó a darle un beso en la mejilla y saludarla con ternura. La había extrañado mucho. Y aunque duró poco por no querer incomodar a su madre, se sintió bien de tenerla cerca de ella una vez más.

Pronto, llegó su abuela anunciando que la comida ya estaba servida, bajando todo al comedor que estaba dispuesto ya con todas las sillas y hasta, había invitado ya hasta a su novio. Su abuela, aunque ya tenía sus años encima, había dedicado varios años de su vida a sus viajes más, en uno de ellos, conoció a su novio actual y ya llevaban diez años juntos, viviendo en la casa. No había perdido su vitalidad y alegría, por sobre todo lo que le había ocurrido. Añoraba tener sus años y no haber perdido las ganas de vivir, tal y como su abuela, que seguía con su vida y hasta novio nuevo tenía. Algo que la alentaba a ponerse de reto superar todo lo que le pasase, pues, después de todo, la vida era eso: una serie de retos que debían ser superados, quisiéramos o no.




No podía dormir. Había bajado a la cocina a buscar agua cuando encontró a su madre tomando un chocolate caliente. Sonrió al verla y las lágrimas salieron de sus ojos, yendo a abrazar a su hija con felicidad. Kysa no lo creía pero pasando la sorpresa, la abrazó también: la había reconocido.

La dicha en ella era grande. Después de la cena, pensó que no iba a volver a reconocerla y no podía dormir pensando en ello. Se había ido del país por participar en un grupo de investigación Alzhéimer, pero el proceso era lento y casi, inútil en la mayoría de los tratamientos que habían probado. Pero ella insistía. Los recuerdos, las facultades de su madre se iban desvaneciendo, se iban rompiendo e iba a ser eso llegado el fin de la enfermedad: una mujer en pedazos.

Pero en ese momento, aprovechando el poco tiempo que podía darle la maldita enfermedad, se sentaron, con una taza de chocolate caliente las dos y hablaron. Hablaron de todo, como todas esas veces que se sentaron a discutir, a reírse, a llorar juntas.

Volvieron a verse como madre e hija, aunque ninguna de las dos, sabía por cuánto.

Se tomaron de las manos y como si hubiesen sabido que estaba llegando al final su tiempo, se sonrieron antes de que su madre le preguntara donde estaba.



[1]  Es un buffet con platos tradicionales suecos de todo tipo.


Espero que les haya gustado.

¡Se cuidan!

Bye!

2 comentarios:

  1. Que triste. Pero ésta enfermedad es así. Mi abuelo tuvo Alzheimer y cuando mi primo le pregunto ¿Quien es ella? él dijo "Una princesa". Es un recuerdo agradable, teniendo en cuenta lo poco que se acordaba el hombre de mi o de mi madre.
    Relato muy triste, contado con mucho tacto y dulce.
    Como siempre, me encanta leerte.
    saludos.

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    Respuestas
    1. Es una historia muy triste, por eso decía, que me conmovió escribirla y mucho.

      Muy triste lo que cuentas también. Es realmente, devastador cuando te toca vivir esto de primera mano.

      ¡Muchas gracias por leer! Me alegra que te haya gustado.

      ¡Cuidate!

      Bye!

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